…La unidad móvil de El Observador se abría paso entre la niebla que oscurecía aquella mañana de invierno. La garúa entremezclada con el monóxido de carbono que emanaban los tubos de escape de esos viejos “lanchones” caía sobre mi rostro. Por instantes, esto hacía que detestara vivir en Lima. Aunque, admito con pena que visitar mi tierra los fines de semana, no me consolaba del todo debido a la informalidad que existe en el transporte interprovincial, detalle que empaña el creciente potencial turístico huachano.
Reposé mi cabeza sobre una de las lunas del lado derecho del auto, extraje mi celular del bolsillo para enviar un mensaje de texto a mi padre: “Dile a mamá que en este momento voy rumbo a Ayacucho. Todo estará bien. Los quiero mucho”. Demasiado preciso. Esperaba que mis padres no pensaran que no me importaban. Llegaría el momento para explicarles sobre este repentino viaje.
Mientras, Stefano estaba escuchando música en su Iphone.
– ¿Siempre eres renegón? ¡Vamos! ¿Qué música te gusta?– me dijo, extendiendo su delgada mano para prestarme su teléfono móvil.
Quería decirle que no me gusta el rock, que prefería el merengue, la cumbia, y que si a veces bailo salsa es porque alguien me agrada. Sin embargo, solo atiné a sapear su celular y descubrir las canciones que él tenía almacenadas en la memoria: Queen, Bob Marley, The Cure, INXS, Blur, John Lennon, Janis Joplin y Billy Idol.
Un golpe en la puerta y un gesto conturbado desbarataron ese momento.
– ¡Tamare, mi viejo!– refunfuñó.
Subí la mirada y en la entrada del Grupo Aéreo Nº 8 había una camioneta Audi Q7 con lunas polarizadas. Era su padre: un hombre cincuentón, blanco, alto, canoso y de apariencia aristocrática. Se le veía bastante enfadado.
– ¡Tú no irás a ninguna parte! Le dije a Cisneros que no te contrate. Sube de inmediato a la camioneta. Ésta será mi última orden– vociferó el padre de Stefano, quien estaba colorado por la furia, destilando frustración a la distancia.
– ¡Te he dicho que no quiero que te metas más en mi vida. Ya me cansé de ti y de tus cosas. Esto es lo peor que haz hecho! – respondió con tono desafiante.
El ensordecedor ruido de un avión que despegaba me impidió seguir escuchando esa acalorada discusión. Sólo veía una escena muy tensa en la que padre e hijo sobrepasaban el límite del entendimiento y la compresión.
El señor Shrader agachó la cabeza, resignado. Subió a su camioneta, la aceleró y giró, quemando la pista con las llantas traseras.
Stefano se había quedado solo, mirando hacia la entrada del Grupo Aéreo por donde salía el vehículo de su padre. Tenía los ojos rojos, quizá por la ira que causó ese enfrentamiento.
No sabía qué hacer en realidad. De pronto, me acerque a él, lo cogí del hombro.
– Mañana el sol seguirá saliendo. Haz que tus problemas no sean nada frente a tus metas. Demuestra, a las personas que te quieren, que ha nacido un periodista…
Dos altos militares del Ejército Peruano nos interrumpieron para avisarnos que la puerta del helicóptero está por cerrar. Corrimos con cierta dificultad por el peso de nuestras mochilas. Subimos y despegamos rumbo a la zona del VRAE.
El general Gonzales Rubio, jefe del Ejército, nos dio la bienvenida. Empezó a contarnos que los ríos Apurímac y Ene, en su recorrido por Ayacucho, Cusco y Junín, forman una faja a la que se denomina Valle de los Ríos Apurímac y Ene (VRAE). “Las familias de estas zonas dependen del cultivo de hoja de coca y el Estado lucha por erradicar el ilegal cultivo de manera progresiva”. Mientras nos relataba esto, nos muestra un álbum con las fotos de los principales cabecillas del narcotráfico. Stefano se puso sus lentes oscuros para protegerse del intenso sol y mientras mira con atención las fotos, me pregunta:
– ¿Tú odias a tu papá?
– No, pero alguna vez estuve muy enojado con él. Por ejemplo, cuando me dijo que era mejor ser médico que periodista.
– ¿Y por qué no fuiste médico? ¿Acaso por darle la contra a tu padre o porque en Huacho no hay facultad de Medicina?
– Simplemente porque no era mi carrera. Cuando vayas a Huacho te voy a mostrar que Medicina es una de nuestras mejores facultades. Pienso que hay que estudiar lo que a uno le gusta o le apasiona. A mí siempre me gustó el periodismo y creo que mi papá cambió de parecer el día que me felicitó por mi primer reportaje sobre negligencia médica en una conocida clínica limeña.
– Mi padre me odia… continúa Stefano
– Un padre no odia a sus hijos. Los quieren a su manera. Muchas veces les aterra la idea que cometan los mismos errores que ellos tuvieron. Si no quiso que viajes es porque te cuida mucho. Él sabe que ésta es una zona muy peligrosa.
– Mi papá nunca aceptó a mis amistades. Siempre me las impuso. No conozco lo que es tener amigos verdaderos. Dice que se acercan a mí solamente por mi apellido o mi dinero.
El piloto nos anunció el aterrizaje. La nave descendía en forma de espiral, como absorbido por un remolino de viento. Desde lo alto, podía apreciar la faja de los valles y una densa selva, llena de casitas de madera con sus techos cubiertos de tejas color rojo indio.
Shrader no tenía ya en su faz esa tristeza tras el encuentro con su padre. Sonreía al mirar por las lunas del helicóptero. Mi curiosidad hacía que mantenga la misma dirección de su vista. Veía a decenas de niños que salían de todos lados y corrían a observar, admirados, el enorme objeto volador que aterrizaba. Conforme íbamos descendiendo, saltaban de felicidad y alzaban sus brazos en señal de bienvenida. Los adultos, por su parte, sonreían como si les trajéramos una luz de esperanza.
Stefano Shrader se conmovió por la pobreza del lugar y pidió al general que le dejara saludar a los niños. Entonces, corrió entusiasmado hacia ellos como si los conociera de toda la vida. Los cargó, abrazó y se tiró sobre la hierba para jugar con ellos por unos momentos. Uno de estos le entregó un sonajero hecho con chapas de gaseosas y otro le regaló unas canicas de varios colores. Las niñas le jalaban la melena rubia, lo que tal vez las había impactado. El brillo de los rayos del sol resaltaba sus ojos verdes, ésos que lo hacían distinto a todos los que estábamos en la base contraterrorista de Canayre.
El general nos advirtió que estábamos en una zona peligrosa, por lo que no debíamos salir de la base. Agregó, además, que desde las alturas de las montañas nos protegían los centinelas que se encuentran armados hasta los dientes.
Sin embargo, al caer la tarde, cuando retorné a la base después de algunas entrevistas a los pobladores, Stefano no aparecía por ningún lado.
La última vez que lo vi estaba con la cámara de fotos y con una agenda de cuero que llevaba a todas partes. Intenté usar el celular, pero no había señal. Fui a la base y reporté el caso al general Gonzales, quien de inmediato inició el operativo de búsqueda por toda la zona. Por mi parte, recorrí los pequeños caminos que forman las calles de ese lugar, buscándolo de casa en casa. La oscuridad de la noche me impidió continuar. Esa conexión con lo desconocido que tiene todo huachano, me hizo presagiar que algo malo sucedía. Una anciana que guardaba sus pollos para abrigarlos me dijo que lo había visto conversando con tres sujetos a quienes aparentemente conocía.
El olor de la pobreza combinado con el aroma del cacao esparcido en costales en las afueras de las casas –que servirá de reemplazo para el cultivo de coca– era el preámbulo de una noche “sin fin”.
Todos los militares se dividieron. Me había quedado sin fuerzas, solo, en medio de la noche, mientras pensaba en voz alta “¿Qué me quiso decir sobre su padre en el vuelo?, ¿en qué acabó la discusión antes de partir?
Fue entonces que bajo la penumbra de la luna y en la cima de una montaña vi, en contraluz, la sombra de una pequeña niña. Me pareció una con las que Shrader jugó a nuestra llegada. Encendí la linterna para alumbrar su figura. En una de sus manitos llevaba la agenda de cuero de mi compañero.
Pensé en lo peor. Corrí hacia ella siguiendo la trocha y le pregunté, evitando asustarla: “¿Donde está Stefano? ¿Quién te dio esta agenda, de dónde la sacaste? ¡Por favor, dímelo!
La niña, de tres años más o menos, estiró su mano y señaló al otro lado de la montaña. Corrí hasta llegar a la orilla de un desfiladero donde solo había un pozo de agua. Me acerqué creyendo que era un pozo de maceración de coca, abrí la tapa, iluminé el fondo y vi flotando sobre el agua una melena rubia. Una de sus manos se dirigía al cielo, como pidiendo ayuda. Era Stefano Shrader que yacía moribundo.
Grite, pero mi voz estaba apagada. Quería mover mis piernas y no me respondían. Los centinelas habían visto la luz de mi linterna y de inmediato encendieron fuegos artificiales que iluminaron todo el cielo. Una tropa con paramédicos se acercó al pozo, usaron sogas para descender y con gran dificultad treparon hasta rescatar su cuerpo. Estaba golpeado, inconsciente, pero vivo. Mientras, otra tropa abría fuego y perseguía entre los cultivos a unos mochileros que trasladaban droga a Bolivia. Sospechaban que ellos serían quienes intentaron asesinar a Stefano.
Me acordé de la niña. Bajé de la montaña y ya no estaba. Sólo había dejado la agenda de Shrader sobre una misteriosa piedra que mostraba los pies de un niño perfectamente esculpidos. Abrí las últimas páginas de lo que hasta ese momento creí que era una agenda, pero parecía un diario por lo que se escribía a continuación:
“… Hoy ingresé a trabajar al mejor diario del Perú. Estoy contento, aunque mis compañeros me hayan puesto el A-4 por la única hoja de mi currículo. Eso no importa, porque a mis veintiún años, don Julio Cisneros, el peruano que volvió a hacer patria después de su éxito por el extranjero, reconoció mi talento. Ahora le demostraré a mi padre mi verdadera vocación.
Crecí entre lujos y frivolidades de una familia conformada por mi padre y mis abuelos, quienes complacieron todos mis caprichos, sobretodo en cada cumpleaños y cada Navidad. Mi madre falleció en pleno trabajo de parto. Sus últimas palabras fueron para pedirle a mi padre que cuide de mí. Y así lo hizo, aunque no del todo bien, porque puso más empeño en sus negocios. Nunca asistió a una reunión de padres, ni tampoco jugó conmigo fútbol en los campeonatos anuales del colegio. No tuvo tiempo para entregarme la medalla por ocupar el primer lugar de periodismo escolar. Pero siempre me repetía que su trabajo era la mejor demostración de su cariño, como si eso bastara para ser completamente feliz.
Siempre que quise conversar con él, estaba ocupado, en reuniones de directorio. Mis abuelos, por su lado, no comprendían mis problemas. Eran totalmente parecidos a mi padre. Eso me hacía sentir vacío… solo.
Estaba harto de este apellido, porque no me dejaba valerme por mí mismo. Por eso me fui de la casa de mi padre, para vivir solo de mi propio esfuerzo y demostrarle que mi vocación estaba por encima de todo. Estudié Periodismo y no Derecho como él quiso, porqué sentía que la prensa tiene la manera más rápida de encontrar la justicia.
Abruptamente cerré el diario. El general Gonzales me pidió subir al helicóptero porque Stefano estaba recuperándose y necesitaba atención en un hospital. Debíamos regresar a Lima. Durante todo el viaje, pensé en el valor de la vida, en mi familia, y en los que son realmente amigos. Me di cuenta que la amistad y la humildad es eterna y el liderazgo que genera todo periodista es la mejor recompensa de una pasión al servicio de nuestro pueblo.
El helicóptero aterrizó. Unos militares bajaron con extremo cuidado a Stefano. Su padre lo aguardaba. Se le notaba en el rostro una angustia como nunca antes había visto en otra persona. Sí era una gran preocupación que no disimulaba ni siquiera ese sacón de paño importado que vestía. Detuvo la camilla, le cogió las manos, lo miró y rompió en llanto pidiéndole perdón por no comprenderlo. Repentinamente, Stefano abrió los ojos, sonrió.
– Soy periodista papá – le dijo.
Y su padre se quitó el saco, lo cubrió.
– Sí, lo eres, y ahora te quiero más – le respondió aún con lágrimas en los ojos.
Había dejado de ser ese hombre duro que siempre fue. Ese hecho que casi acaba con la vida de Stefano lo había logrado.
De la nave también descendieron los militares con los tres mochileros capturados en el operativo que sería noticia en unas horas. Todo esto me deja una gran lección: Pese a los problemas y circunstancias de la vida, debemos defender nuestros ideales, respetando siempre las decisiones de los demás.
Cuando Stefano se recupere me tendrá que acompañar a Huacho para conocer sus encantos, contagiarlo de la identidad y el cariño a mi tierra, a la que nadie le quitará ser la sede de la región Lima, jardín de la gran ciudad y capital de la hospitalidad del Perú. (FIN)
Nota del Autor:
Rodrigo Reyes, es el nombre que empleó el autor para relatar hechos ficticios que rinden tributo a la memoria de su abuelo. Actualmente continúa trabajando como periodista del “El Observador”. El domingo, la portada del diario más prestigioso fue: DURO GOLPE A NARCOTERRORISTAS Caen principales cabecillas disfrazados de mochileros. Justicia los procesará por narcotráfico e intento de asesinato a periodista que arriesgó su vida tras haberlos identificado.
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